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«Alegato de muerte»

Para qué seguir huyendo
persiguiendo indigesto a la nada,
que nunca se encuentra,
luego la nada está llena de residuos
de podrida destrucción.
Perseguir la indiferencia
y no tentarme por la fuerza
que me lleve a volar.
Es que quiero retomar a la nada verdadera,
la que nunca es pasado,
antecediendo a la angustia;
pero así no se llega, así nunca se vuela.
Sortija de infantes
columpio de arena, que derrite brazos.
Cinturón del mundo, atmósfera de espanto.
Protección de veneno que retuerce cabezas.
Qué difícil hacer algo
de individuo latente
si solamente se hace en comunión del mal.
Del mar…infestado de misiles,
que mucho piden antes de dejar crear.
Picoteando pájaros la bilis de un planeta
que se fuga incesante
quieto de avanzar,
inhóspito de espacios
ligeros de metáforas
presionado de muerte,
latigazos inocuos
de ventana adyacente.
Cómo escapa hipocresía,
cómo vuelve la ignorancia,
cómo unos tienen todo y otros nada.
Ya no escucho tu grito invisible
ni veo tu imagen muda.
Tanto hielo que esquivar,
tantas manos que partir
y miradas que olvidar.
Entre el viento que bordea contornos
y las redes que secuestran la Tierra
con tres gotas de miel
y algún aire enrarecido.
Pido perdón a la naturaleza
por no darle lugar en este alegato
a su fuerza invariable y débil;
a su trágica decisión, a su único destino.
Y pido perdón por no darle lugar
a mi naturaleza,
con un calibre veinticuatro
…me creo como un tonto que puedo vencerla.
(Adios).

«Ausencia»

Y en la boca de la noche
está tatuada tu ausencia,
en su mudo letargo
me viene a adormecer en la angustia
de sentir el mundo lejos,
lejos en el bache de la noche,
lejos en su vieja muralla;
viene a ablandar los huesos
pigmentados de sol.
Empujando… se acerca tu ausencia
que tiene forma y color;
tu ausencia cancerosa
que pesa como siempre,
se extiende dolorosa
por toda la casa
arrastrada por la noche
en su fango de locura.
Ando buscando la forma de poder componerte
entre la nada que pesa
y la noche que deforma
con sus tules de sueño
tu constante huida.
Tengo tu ausencia palpable,
un vacío de muerte;
y tu presencia lejana
con un rumor de pena
que fatiga la sangre.

__________________

Me observa impenetrable la noche
con su altivez de pantera.
Pasa lastimando,
pasa sudando;
saturada de misterio
con su sarcasmo a cuestas.
Se asoma sutilmente, cautelosa;
luego impredecible da el zarpazo;
se vuelve peligrosa y ataca celosa
cuanto vuelve a su paso.
Se burla de sí la noche,
y agoniza en sus triunfos,
ya cuando la luz del día
convierte sus sedas en harapos.
Despintada abandona de una vez esta farsa…
Se la traga la vida
sin dejar ningún rastro.

 

«La noche»

Ya viene caminando la noche
con sus ojos tensos.
Su mirada enceguece
insinuando espejos rotos
que falsean las formas.
Callada se acerca irresistible
con su rumbo incierto;
sin el polvo del sol
va desparramando virus
que cortan nitidez
con sus cabellos en sombra.
Envuelve de somníferos el aire
rajado de espanto quieto
que se acerca reptando
en su marfil de luna.
Llega la noche viscosa
con su impermeable de acero.
Silenciando puertas,
acechando, espiando los rincones.
Ya está llegando misteriosa la noche
con su danza macabra,
con su grito inmóvil,
siniestra de alimentos
en sus garras de cuervo.
Se acerca en sus pisadas,
agudizando su olfato de loba;
acaricia los huecos del día
con sus tentáculos de pieles y joyas.
Cabalgada de selva
se recorta la noche en la ventana.
Se acerca…, visceral,
sigilosa y alerta como una dama
en su trono de petróleo
y mugidos hirientes,
envolviendo superficies.
Con su chal de terciopelo
viene confundiendo objetos;
apacible y trágica
pasa por debajo de todas las cosas,
hamacando la tierra con sus besos de incendio.

«Poesía… Desparramada…»

Ya pueden volar estos versos
en la agonía de tu mirar
difuso en las paredes de octubre.
Siento el crujir de las manos
en la tierra anochecida,
como vi las estrellas en las lágrimas
que arrimaban tu recuerdo a la angustia del sueño,
de lo que ya no existe.
Como esa quietud del frío para encontrarte,
mi risa de luna con caminos perdidos,
el río tibio para acunarnos.
Y de pronto se van estas cifras con tu lejanía
tan siniestra de fantasmas
que me invita a la muerte, de tanta distancia
a dormir en su regazo,
a rendirme a su marea;
…y perderte de estas hojas
para ya no escribirte.
Pero sigo palpando tu pesar,
inmóvil de sorpresas
que me sigue llamando;
manchado como un poniente claro
en un cuadro incomprensible.
Ya es tiempo de que vuele,
de que vuelen estos versos
hasta tu fulgor, tu verano madrileño,
tus pupilas inventadas, tu trinar angustioso,
tus manos deshojadas,
tu tajante sentido de la vida.
No puede mi entorno mojar el mar a tu encuentro.
…Qué regreso…
Qué pilares de sombras se levantan como un templo;
encendiendo el alboroto en lejanías.
Y todo se abre…
sin que nada ni nadie pueda devolverte estas hojas,
arrimarte estos días,
y callar el silencio,
y ablandar lo necesario,
y aguantar esta lluvia indolente
que todo dice y nada nos cuenta;
que va pariendo imágenes
con verbos perdidos, sin un recado.
Vos tenés una aurora de invierno
y yo tengo ese frío embalsamado…,
suspirando en mi boca.
Estarás despertando a nuevos puertos,
con mañanas enceradas de nostalgia.
Buscando tus latidos perdidos,
y a cada paso podrás encontrarme
hundida en el cielo de tus lagrimales,
inmersa en soledad;
diciendo mi reloj insinuador
que tanto te quise
y que aún te guío
de este lado de la vereda
donde vos no pisás.
Donde vos me ves entre corales
junto a otras nubes
junto a otras tardes.
Te amo salpicada de malvones.
Te presiento enjaulada en mi voz
que desea tu horizonte.
Cargada de esta noche en primavera
que aún necesita abrazos.
Con la nueva azalea brotada de soles,
te hablo, desde este hambre.
Bajo el monte del olvido
que no pude escalar
te confío mi piel abstracta,
que nunca llenó los almanaques,
que siempre se enjuagó de flores
huidiza de carbón.
Así te alimento con esta distancia
sin olas ni plegarias.
Con barcas de por medio que no avanzan;
con hombres y peces embriagados;
costeando un amor tan alto.
Buceo tus migas de esperanza,
y tu carne de viaje
se hace adentro tan ligero
que me cuesta creerte,
y el recuerdo no alcanza.
Y el no tenerte, con los versos al olvido
se descubre en un momento…,
y se diluye en el aire.

«Caminos dígitos»

Que no se hagan tan largos los caminos
cuando vuelva a encontrarte.
Que corra la siesta de los vientos
por tus párpados mojados
y se abra el sol.
No tienen manos los horizontes
para cubrirte cuando todos los caminos me alejan.
Yo necesito de tus canciones
que se llevan la mañana,
y tus granos amargos
de humo pensante.
Pero tus manos son otras,
aparecen y desaparecen con la primavera
y me cierran por un instante.
Tu pupila perdida en un océano de luz,
en el fondo de la orilla
que se arrastra desconfiada.
Quiero penetrar en tus cabellos
sin el cuello peinado
y tensa la mirada,
y la piel astillada.
Hallo tu perfil moribundo
dentro del paisaje.
Yo persigo tus mundos, los persigo;
porque vienen al mío,
aunque yo no los llame.

«Embarcaciones»

Vinieron las nubes
a bañar el horizonte
y el agua envolvía el aire
hasta la costa festejada…
de luces fabriles.
Se clava el espigón,
hiriente en las hilachas del río.
Y el tul del cielo llovido
se derrite en cenizas de escarcha.
Allí el pequeño ronroneo del oleaje
golpeando en los oídos de la noche
es la más bella partitura.
Los chasquidos del agua
sorprenden nuestras bocas mudas,
y la orilla es incienso
en la fragancia arenosa.
Como panales llegaba el agua,
dulce, de escamas muertas.
Nuestra caminata cortada
en el abrazo azulado de la noche.
Y en nuestro amor
es tan pequeña la esfera celeste
que ya somos el río, el horizonte lejano, el cielo.
Cómo poder abarcarlo…