Inventando Caminos
Camino inventando caminos,
líneas largas y cortas vienen y van.
Me paro, me siento y sigo en este cuento,
me detengo en un punto para pensar:
Qué mágico el espacio…,
paseo paso a paso,
voy rápido y despacio,
con vos quiero pasear.
Voy para atrás, muy atrás como verás.
Voy adelante y avanzo bastante,
y voy al otro lado, camino de costado,
me voy muy apurado y me pongo a descansar.
Para arriba, para abajo,
un camino circular,
para arriba, para abajo,
derechito, en diagonal.
(Repite primera parte)
Si te tengo enfrente puedo verte,
si te ponés atrás no sé que me mostrás,
voy para afuera o para adentro,
espero un momento
y voy hacia allá, hacia allá,
hacia allá, hacia allá, allá, allá, allá.
Para arriba, para abajo,
un camino circular,
y si te veo rajo haciendo un sic sac,
haciendo un sic sac, sic sac, sic sac, sic sac.
Jugando con Caperucita Roja
Quiero cantar, quiero bailar,
quiero jugar y contar
cosas que siento en forma de cuento.
Un cuento que ha sido
por todos conocido
y con el que ahora invento.
Es Caperucita la que te invita
a divertirte un rato,
con nuevos personajes,
jugando con los trajes,
dibujando garabatos.
Con Caperucita Roja
voy rápido o despacito,
porque se me antoja
por este caminito.
Me encontré con sensaciones
y también con amiguitos
adentro de las canciones
y entre los animalitos.
Es Caperucita la que te invita
a divertirte un rato,
con las manos junto flores,
con los ojos colores,
enredos y garabatos.
Quiero cantar, quiero bailar,
quiero jugar y contar
cosas que siento en forma de cuento.
Un cuento que ha sido
por todos conocido
y con el que ahora invento.
Por todos conocido
un cuento que ha nacido
sin fecha de vencimiento.
El nacimiento del río
En una perdida localidad del antiguo pueblo de Sisalcuri, un majestuoso y fecundo valle se abría paso entre bellas y tranquilas colinas. Por el medio, un amplio camino de agua separaba a dos poblaciones muy distintas. La vegetación crecía exuberante a ambos lados de su cauce.
Cuenta la leyenda que durante varios días y semanas esa agua permanecía quieta, tan quieta que parecía un espejo, un papel film, una lámina de aluminio; y otros días y semanas, como si alguien tocara el botón de encendido, esa agua se transformaba; el movimiento era desorbitante, salvaje y deslimitado; bruscas olas y remolinos desbordaban el agua inundándolo todo.
Embroncado Díaz y Furioso Gimenez eran dos buenos amigos que vivían en uno de los poblados que estaban a los lados de ese extraño camino acuoso. Juntos iban levantando estruendos y fuegos artificiales por donde pasaran, tal era la carga de su estrepitoso temperamento.
El problema fue cuando los dos se enamoraron de Ira Fernández. El brillo de sus ojos, que con la caída del sol se ponían rojos, los dejaba estupefactos de fascinación. Sus suspiros cada vez que Ira se aproximaba resultaban ser verdaderos huracanes. Por suerte resultó ser que Ira tenía una hermana, tan inflamable y “polvorita” como ella: Enojadiza Fernández. Apenas lo miró a Embroncado con su sugerente ceño fruncido lo cautivó; nada en el mundo le pareció más atractivo que el vértice inicial de esas cejas apuntando hacia la nariz. Después se conocieron mejor y las coincidencias fueron todavía mayores. Así, los afectos se repartieron de la mejor manera y los cuatro se pusieron de novios. Paseaban mucho en bicicleta y repartían todo el mal humor que podían dando la vuelta manzana. Las chicas, que se peleaban por las ropas y las aguas de colonia cada vez que tenían que salir, ya partían malhumoradas, y aunque Bronca, su mamá, intervenía para que no se “entusiasmaran” tanto ellas siempre cruzaban la puerta con unas rabietas que dejaban encantados a sus enamorados.
Pasó el tiempo y ambas parejas se casaron. Ira y Furioso tuvieron un hijo y le pusieron Cabrón. Era el mimado que hacía refunfuñar a toda la familia.
Calmo López y Pacífico Hernández eran dos buenos amigos que vivían en el otro poblado pegado al camino de agua. Juntos iban aplacando enojos y amansando el aire por donde pasaran, tal era el alcance de su tranquilo temperamento. El problema fue cuando los dos se enamoraron de Serena García. La dulzura de su mirada, que mojaba la mañana como gotas de miel, los enloquecía. Sus suspiros cada vez que Serena se aproximaba resultaban ser verdaderas brisas refrescantes en cualquier noche de verano. Por suerte resultó ser que Serena tenía una hermana, tan dulce como ella: Apacible García. Apenas lo miró a Calmo con sus tiernos ojos mansos lo cautivó; nada en el mundo le pareció más atractivo que la soñadora quietud de lago que había en su amistosa mirada. Después se conocieron mejor y las coincidencias fueron todavía mayores. Así, los afectos se repartieron de la mejor manera y los cuatro se pusieron de novios.
Paseaban mucho en bicicleta y repartían toda la armonía que podían dando la vuelta manzana. Las chicas, que sabían compartir sus cosas y que reparaban rápidamente los desacuerdos, siempre salían de su casa con buen humor. Doña Tranquila, su madre, quien hacía quince años se había casado con Don Manso García, trabajaba de tranquilizadora profesional y pudo transmitir a sus hijas mucho de sus saberes.
Pasó el tiempo y ambas parejas se casaron. Calmo y Apacible tuvieron una hija y le pusieron Paz. Era la mimada que encariñaba a toda la familia.
Pasaron veinte años con muchas cosas y cositas, con encuentros y desencuentros, con intentos, inventos y desalientos. Una hermosa mañana Cabrón y Paz se acercaron al mismo tiempo, cada uno desde su orilla, al extraño camino acuoso en uno de esos días en que la quietud era arrasadora. Se metieron al agua y nadaron hasta encontrarse… Fue verse y de repente e inexplicablemente quererse.
Allí estaban…, cuando súbitamente el agua abandonó su quietud y empezó a moverse. Dos o tres lugareños que por ahí pasaban huyeron desesperados avecinando el violento sacudón acuoso que comenzaría. Paz y Cabrón hundidos cada uno en los ojos del otro se quedaron firmes en su lugar…. Así cuenta la leyenda cómo sus diferencias fundidas en un abrazo envolvieron el agua y fue la primera vez en que la brusquedad y la quietud encontraron un equilibrio… Rítmicos vaivenes y suaves olas se sucedieron incesantemente en un viaje sin fin… dejando que nazca el RÍO.
«Trabajosa reflexión»
En esa oficina todos se destacaban por representar las mejores representaciones de sí mismos. Haragán Fiaquini, por ejemplo, era todo un ejemplo de haraganería. Si algo sabía hacer bien era preparar cualquier artimaña y estrategia para continuar su fiaca y “trabajaba duro” en eso de sacarse el trabajo de encima.
Colgaba sus ojos en las múltiples manchas y grietas que el paso de la humedad, la pintura descascarada y la ruptura del revoque iban dejando en la pared que enfrentaba a su escritorio encontrando infinitas y raras formas: dibujos de árboles llenos de dedos, vagones de trenes repletos de minotauros, pequeños dragones cubriendo el lugar de los carozos adentro de los duraznos… A veces veía cosas más normales, como gallinas picoteando una piñata, los lentes de su jefe tomando la sopa, aceitunas con medias bailando hip hop…, y otras, veía cosas locas muy locas, como trineos resbalando en una mancha de aceite, zapallitos con alas cruzando el Aconcagua, que Haragán Fiaquini, muy bien sabía, a pesar de su haraganería, que era la montaña más alta de América…
Entonces se acordaba de cuando era un chico… “¡Haragán!”, le decían sus padres, “¡sos haragán para todo menos para imaginar!”; y él se ponía contento, porque le encantaba imaginar, y si no, se ponía furioso, pero se quedaba calladito, calladito sin decir ni mu, para ahorrarse el esfuerzo de contestar, y la rabia lo llenaba de más rabia, porque después de todo, esa haraganería que sus padres le reprochaban se la habían puesto ellos mismos bajo el título de «Haragán”. Con una gran bocanada de aire inflaba sus cachetes y los iba vaciando dejando escapar globitos por la abertura de su boca colocada en pequeña “O”, que flotaban rodeando su silla hasta unirse formando un pelotero de globos que terminaban explotando unos contra otros quedando el contorno de una burbuja gigante. Él los imaginaba brillantes y de muchos colores; pero todo esto desaparecía, a los pocos minutos, cuando Haragán Fiaquini sentía que ya era demasiado esfuerzo juntar aire y soplarlo, además del feo gusto a tarea que le quedaba en su boca ya que había tragado todo el aire de su oficina.
¿Y porqué le sucedía esto? La respuesta, señores, es muy sencilla; y es que a Haragán Fiaquini no le gustaba trabajar, y esto no es difícil de entender para una gran mayoría de los humanos que habitan el planeta Tierra. Ni les cuento lo que le costaba salir de su casa para el trabajo todas las mañanas, y más salir de su cama, y más salir de su sueño, y más de sus pinturas… Es que… a Haragán Fiaquini lo que más le gustaba en la vida era pintar…
Se perdía por completo entre el lienzo y los pinceles, tanto se perdía que dejaba de ser haragán, y el efecto alcanzaba a una numerosa camada de generaciones porque también dejaba de ser “Fiaquini”; a pesar de que en esos momentos, vaya paradoja, se reencontraba consigo mismo más que con ninguna otra cosa.
Don Trabajo Emprendedor, su jefe, cada vez le tenía menos paciencia. Por increíble que parezca sólo lo toleraba porque gracias a la gran cantidad de cosas que Fiaquini dejaba de hacer él podía sumarse trabajo, y mantenerse ocupado y cada vez más ocupado. ¡Y ni hablar cuando llegaba su esposa, doña Atareada! “¡Ocupado!”, le decía él cuando ella lo llamaba para contarle sobre algún compromiso realizado o algún esfuerzo sobreactuado, porque como los dos bien decían: emprendedor y responsable no sólo hay que ser sino también parecer; y por esto cuánto empeño invertido y cuánto tiempo dedicado a mostrarse ante el mundo laboral como el más trabajador de todos. Agotaba a cualquiera el sólo hecho de verlo moverse, verlo entrar con esos pasos de querer resolverlo todo, mirar con esos ojos de buscar fallas y cosas para rehacer. Hasta el más mínimo detalle buscaba en la más mínima cosa para revisar, y como mínimas cosas hay muchas, porque al ser mínimas entran más en todos lados, Don Trabajo se las pasaba revisando y revisando, y corrigiendo y corrigiendo.
Mientras con el índice y con el pulgar de la mano derecha abría una carpeta, con el anular y el meñique atendía el teléfono, con la mano izquierda anotaba en su agenda una nueva actividad a realizar, con el pie derecho sacaba con un trapo una mancha del piso y con el pie izquierdo corría un cesto de papeles hacia la pared. Hay quienes cuentan que se acostaba con una computadora y hacía cálculos dormido, y cuando se despertaba en medio de un difícil logaritmo se sorprendía y se sobresaltaba. Entonces se acordaba de cuando era un chico… “¡Trabajador!”, le decían sus padres, “¡no parás un segundo, a ver si te ponés a descansar!”; y él se ponía contento, porque le encantaba la actividad, y si no se ponía furioso, y ponía todo su empeño en hacer rabietas y pataletas hasta el cansancio, porque después de todo, esa inquietud que sus padres tanto le reprochaban se la habían puesto ellos mismos bajo el título de “Trabajador”.
Tal era su afán por trabajar todo el día y tanta la exigencia que sentía que el único cansancio que enojosamente podía admitir era el cansancio de estar cansado. “¡Estoy cansado de estar cansado!” vociferó furioso una tarde en que pasaba justo por la oficina de Fiaquini tropezando en su atolondramiento con el marco de la puerta y yendo a caer justo en el sillón que Fiaquini, con varios almohadones y almohadoncitos, había acondicionado para el mayor y más descansador de los descansos. Fue tocar la mullida y blanda superficie para quedar, cual acertado hechizo, instantáneamente dormido. Cuando despertó, sus ojos entreabiertos rebotaron contra una de aquellas burbujas gigantes que Fiaquini infatigablemente inflaba casi todas las tardes y que desesperadamente en ese momento no sabía cómo pinchar. Don Trabajo sintió todo su cuerpo flotar de plácido y alegre descanso. Una sensación conocidísima y nueva al mismo tiempo le corrió por la sangre y repentinamente se sintió feliz.
Sin más ansias que perpetuar ese maravilloso momento recorrió con su vista las paredes de la oficina de Haragán Fiaquini y entre los escombros del cemento agrietado halló unas preciosas pinturas que transformaban aquel triste recinto en una maravillosa exposición de arte. Ablandado y agradecido por el simple descubrimiento de lo que realmente estaba necesitando: abandonarse en un tranquilo y regocijante descanso, miró con ojos livianos y alegres a Haragán y le ofreció allí mismo un nuevo puesto de trabajo en el que iba a poder explayarse de lleno con la pintura y su creatividad.
Así fue como una tarde cualquiera de otoño pasó a convertirse, desde la estruendosa torpeza en la más inolvidable y delicada tarde, en la que dos fuerzas opositoras e irreconciliables se encontraron y se superaron en un deseoso y sabio intercambio. Don Trabajo Emprendedor se amigó con el descanso y pudo sacar mucho provecho de sus momentos remolones para después poder trabajar mejor. Y Haragán Fiaquini de su trabajo se enamoró, que por supuesto también le requeterecontra sirvió para después retomar con más alegría toda su haraganería.
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