Pueden venir muchísimas imágenes a recordarme este momento,
vivido ya tantas veces en la gris y oscura materia que comienza su montaje de vida;
transformándose continua para dar lugar a las ideas,
que como etéreas que son, nada tocan ni sienten,
sintiendo sin embargo la vida sin poder penetrarla; sin poder ser la misma realidad tangente;
esta realidad que puede parirlas sin cuerpo, y que en su mismo carácter de ilusión las frustra.
Entonces es la esperanza ya una frustración en potencia.
Sí, mientras continúe esta anecdótica forma de mutilar la verdad de la materialización,
con esta ansiedad desbordada del ser que está a la vez en todas partes,
y que por el mismo hecho de verlo todo comprende la insignificancia de contrariar tal vez al mundo,
y comprende la insignificancia de su lucha que no es contra nadie ni nada.
Sino varias sectas primarias;
desde el escuadrón más grande hasta un renglón de lectura,
o algún pestañear en alguna hora de las tantas horas;
cualquier símbolo de cultura luchando en un mar de ilusiones;
de negros inventos que aparecen en forma indispensable a partir de la sociabilidad.
Desde el amor al prójimo y el sentido de culpa como primera guía hasta la creencia de autenticidad.
Tras una forma y mil formas, gira, gira este momento; otro de aquel, otro de este mismo, incluso.
Y porqué tantas vueltas sobre los momentos…
Porque son los momentos sin importar el contenido los que mantienen la luz.
Es simplemente una percepción del tiempo el sentirse vivo;
como si nuestro yo más intenso estuviera encerrado en el tiempo,
en un tiempo sensitivo, en un tiempo genérico, sin sus aledaños adverbios;
un tiempo indivisible, que sea tal vez el presente más potente y más sumiso.
Penetrable, accesible, tan lento, tan dulce, que está encarnado en el corazón.
…Allí las imágenes no existen,
allí el tiempo efímero de siempre no existe,
y la realidad ilusoria se aleja.
Allí sólo, existe la vida.
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