En esa tierra hay un chico,
un chico que canta solo,
canta solo sus tristezas.
Le canta a su sombrero
que corre por las nubes,
las nubes de su llanto secado por el sol.
Le canta a su muñeco
de paja y barro,
y allí está toda su imaginación.
Imagina un mundo sin las grandes pelucas.
Donde todos los techos se levantan al sol.
Donde el pan esté en la tierra,
y la tierra en los mismos hombres,
y los hombres libres sin un señor.
Sin reyes en cunas de oro.
Sin resignación.
Donde «exista» la mentira.
«Y en todo esto no hay coherencia»;
sólo es un niño y su enorme fantasía.
Como un juego imagina
poder luchar,
y rebelarse, rebelarse a Dios,
a su atadura,
no padecer para la otra vida.
Un mundo sin castillos
y en el campo agonía…
…»y en el cielo injusticia»
que cae en su mesa,
en mil mesas,
como un rayo todos los días.
Y sueña, en su canción;
pero él sabe que en verdad no hay mentiras,
que su padre le habla de la inquisición.
Entonces se aleja de aquella «perversión».
Y encuentra hermosura
como todos ellos
cuando baja el sol,
cuando llega el sol,
cuando el crepúsculo gana estrellas
y el horizonte se aleja.
Con el cielo en los ojos hacia el futuro,
la conciencia tranquila por el ayuno.
Y el niño canta sobre una piedra.
Le canta al frío,
para ver si por su cuerpo pasa inadvertido,
le canta a su hambre
para que se duerma.
Le canta a su extraño deseo:
Que en la diferencia natural de los hombres,
sus ambiciones, sus pensamientos,
esté el derecho igualitario de posesiones,
que todos coman,
que todos sientan ganas por esta vida
en el mundo entero.
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