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«Horas»

«Horas»

Dónde quedarán mis horas,
perdidas en la roca de lo insoportable.
Si pasan sin que las escuche el viento,
cuando emparedadas
se deshacen, barro cocido,
en tus ojos acuáticos
que abarcan tu imagen.
Sin el hoy de los cristales
y los días lluviosos,
porque pasan pegajosos
colmenas grises, ostras,
que carcomen el ocio
cuando pasan las horas.
Horas azuladas
que deslizan gente
por toboganes, rojo ladrillo.
Y pescan bagres,
agonizando en un perfil
en incienso tibio.
Y pescan novias nacaradas,
de punta en blanco
suave y albahaca,
noche serena,
muy perfumada.
Pintan estrellas en la solapa.
Sol amarillo.
Horas de fiesta, en anilina,
corren ansiosas.
Ensimismadas al rebenque
de un corsario y sin pudor
se aferran dulcemente a un bastidor.
Y cuentan segundos
de una estepa.
Durmiendo en un burdel,
en un casco con tachuelas.
Como crines al potrillo,
las horas a mi piel
sigilosas pierden ritmo.
Bajo otro cielo,
a otras costas.
Pulpa de manzana
mil veces compartida.
Como ondas sonoras
en lo profundo de un mar;
tragadas por ballenas.
Las horas aplastadas.
Laberinto de enero.
Entre todas las cosas
pasan orgullosas
por tus ojos de alfalfa,
pupila resentida.
Pasan las horas como si nada.
Buscan de cerca una primavera
y pescan bagres en una orilla.
Son lo más simple
y lo más difícil de encerrar en un convento.
Oro y lodo.
Barquitos de papel.
Qué hermosa sería la historieta,
si las horas no fueran opio,
y fueran siempre amanecer.

“Vacío”

Estoy infinitamente sola,
como ese mar, barranca de los lobos,
donde ya no hay lobos, ni el viento canta.
Yo soy la que me alejo por el camino,
sin ganas, sin nada.
Perdí las horas, la voz, y al amigo que me dio la carne.
Tierra, finca callada, así estoy yo,
quebrada, golpeo inútilmente, en la barranca,
quieta y fuerte como el mar.
Y siento que me caigo;
mar lleno, espacio grande,
es tan triste tu huída,
¡no huyas!, los hombres te aman,
así dicen, se bañan en tu orilla.
Y extendida ahí me quedo,
muchas veces parlanchina.
Quedo sola, triste y vacía
en mi crepúsculo interno,
con lágrimas que no respiran.
Los hombres te aman,
te aman los hombres;
pero ellos pescan en tus orillas.
Y voy camino abajo,
y corro sin comida, sin sol, sin sensaciones,
por arenas movedizas
hasta mi entierro, inmensa finca.
Y escucho gritos: -¡Valeria, Valeria!-
– Acá estamos, te seguimos.-
Pero genes del amor no germinan en mi vida;
la gris materia apretó mi corazón.
El cielo y el viento en mí son razón;
ya no hay sentimientos, no tengo amor,
porque me veo siempre en mi espejo interno.
Te miro y no te veo,
estoy tapada por las aguas,
fondo oscuro, narcicismo.
Dónde quedó la fortuna
que pude quitar del mar,
allí donde hay silencio y explotan los hombres.
Estoy oscura, como el mar de aceituna,
de las barrancas de esa ciudad,
donde no hay lobos.
Por si estorban, por si gritan,
los matamos y ya está.