«Un cuento muy sucio»
Sucio Álvarez y Roña Rodríguez tuvieron dos hijos: Asco Álvarez, biólogo dedicado al estudio de los insectos y Cochina Álvarez, destacada pastelera por sus apestosas recetas.
Asco Álvarez se casó con Impecable Pérez, y día y noche los dos se quejaban de los modos, de las formas, las maneras y de lo que el otro hacía y no hacía; y aunque los padres de Impecable: Limpio Pérez y Aseada Gómez, nunca estuvieron de acuerdo con esa relación, ellos insistieron en estar juntos, pese a que juntos tenían muchos problemas:
Si Asco dejaba las cosas pegoteadas, Impecable lo seguía con un trapito húmedo para limpiarlas; si Impecable desinfectaba las superficies de la cocina, Asco inmediatamente las ensuciaba.
Ustedes podrán decir, qué alegría para ella, tener servida en bandeja tanta oportunidad para limpiar y seguir limpiando, así como para él tener siempre un terreno limpio para ensuciar ; ya que así como todas las cosas se destacan por su opuesto, la limpieza sobresale y brilla más en contraste con la suciedad y la suciedad cobra notoriedad si aparece sobre la limpieza; pero no crean que para ellos era tan así, bastante abrumada se sentía Impecable de fregar y fregar y bastante controlado y ya cansado se sentía Asco al momento de ensuciar.
Este matrimonio no hubiera podido seguir si no fuera por lo mucho que se querían. Ningún familiar, ni amigo, ni vecino entendía aquella unión y a decir verdad era la primera vez que sucedía algo así, pero ellos atraídos por sus extremas diferencias se habían dejado envolver y acunar en el ala donde el amor tiene el mayor de sus misterios.
Juntos tuvieron dos hijos: Higiénico Enchastre y Apestosa Pulcritud. Educarlos era muy difícil; los niños pasaban un día saliendo a la calle empapados en alcohol en gel y caminando por la casa sobre los famosos patines de lana de Lustrosa, la abuela de Impecable, y otro día empapándose en tierra, barro, polvillo arrimado por el viento y demás sustancias procedentes de calles, plazas, veredas y esparciendo por la casa todas las suciedades y malos olores que nos podamos imaginar y también los que no. Así cada uno de los padres tenía su día de aceptación y júbilo y su día de rechazo, resignación y paciencia. Siempre que la señora Roña los visitaba les llevaba a los niños caramelos más los papelitos de todos los caramelos que ellos abrieron en su casa, pelusas, pelusitas, peluzones y muy de vez en cuando una bolsa llena de residuos para que se desquitaran jugando. El inconveniente aparecía cuando se cruzaba con la abuela Aseada, con sus divertidos antisépticos burbujeantes y de diversos colores, ya que ellas no eran muy afines que digamos; pero el verdadero problema era cuando las visitas no coincidían con los días representativos de cada familia, y así, si Sucio y Roña entraban un día de perfecta limpieza, escandalizados repartían basuritas por todas las habitaciones, al igual que cada vez que Limpio y Aseada caían en un día roñoso se miraban preocupadísimos pensando en qué habían fallado con la crianza de su Impecable.
Pero las cosas cambiaron cuando los chicos, como todos los chicos, con sus cosas de chicos hicieron algo al revés. Fue una tarde cristalina y pura con olor a lavanda y desinfectada, en uno de aquellos días en que todo debía ser impecable como el nombre de su madre, en que a Higiénico Enchastre se le derramó un tarro de pintura sobre la cama. Apestosa Pulcritud, su hermana, puso el grito en el cielo, el aire tembló y la lavanda amenazó con esfumarse, “¡cuando mamá vea esto!”. “¡No cuentes nada!” decía Higiénico asustado tratando con todo lo que tenía a mano de contener el enchastre que seguía creciendo haciendo honor a su segundo nombre. Atraído por el ruido, don Pulcro Pérez, el bisabuelo, que estaba de visita, con solemnes y pesados pasos entró a la habitación, y justo cuando se preparaba para lanzar el mejor de sus discursos sobre las manchas, los manchones y las manchitas, entró doña Mugre De la Vega, la bisabuela paterna, a ponerlo en su lugar. Y después de una acalorada discusión sobre los gérmenes, los microbios, los parásitos y demás especímenes reales y fantásticos cada uno volvió desencantado a su casa…, pero los chicos ya no eran los mismos.
Mareados por los malentendidos y sin poder descifrar el mensaje se empezaron a enojar y a hacer todo al revés; cuando todo debía estar limpio, antes de comer se ensuciaban las manos, y cuando todo debía estar sucio, con secadores, plumeros, escobillones y trapos se las pasaban limpiando.
Así fue como después de los correspondientes retos, escándalos y pataletas sucedió algo por mucho tiempo esperado: Los papis, aprendiendo de los dobleces de sus hijos comenzaron a mirarse diferente, a comprenderse, copiar un poco uno lo del otro y se hicieron mejores. A partir de ahí los problemas siguieron, pero todos estuvieron más tranquilos y contentos. Entendieron que es mejor sentirse libre y jugar pudiendo ensuciarse y que también es importante la limpieza para no enfermarse. La tía Cochina, impactada por sus sobrinos, también transformó sus recetas… Y al cabo de un tiempo nació Liberado Moderado Álvarez, pero esa ya es otra historia…
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