Seleccionar página

El nacimiento del río

En una perdida localidad del antiguo pueblo de Sisalcuri, un majestuoso y fecundo valle se abría paso entre bellas y tranquilas colinas. Por el medio, un amplio camino de agua separaba a dos poblaciones muy distintas. La vegetación crecía exuberante a ambos lados de su cauce.

Cuenta la leyenda que durante varios días y semanas esa agua permanecía quieta, tan quieta que parecía un espejo, un papel film, una lámina de aluminio; y otros días y semanas, como si alguien tocara el botón de encendido, esa agua se transformaba; el movimiento era desorbitante, salvaje y deslimitado; bruscas olas y remolinos desbordaban el agua inundándolo todo.

 Embroncado Díaz y Furioso Gimenez eran dos buenos amigos que vivían en uno de los poblados que estaban a los lados de ese extraño camino acuoso. Juntos iban levantando estruendos y fuegos artificiales por donde pasaran, tal era la carga de su estrepitoso temperamento.

 El problema fue cuando los dos se enamoraron de Ira Fernández. El brillo de sus ojos, que con la caída del sol se ponían rojos, los dejaba estupefactos de fascinación. Sus suspiros cada vez que Ira se aproximaba resultaban ser verdaderos huracanes. Por suerte resultó ser que Ira tenía una hermana, tan inflamable y “polvorita” como ella: Enojadiza Fernández. Apenas lo miró a Embroncado con su sugerente ceño fruncido lo cautivó; nada en el mundo le pareció más atractivo que el vértice inicial de esas cejas apuntando hacia la nariz. Después se conocieron mejor y las coincidencias fueron todavía mayores. Así, los afectos se repartieron de la mejor manera y los cuatro se pusieron de novios.                                                   Paseaban mucho en bicicleta y repartían todo el mal humor que podían dando la vuelta manzana. Las chicas, que se peleaban por las ropas y las aguas de colonia cada vez que tenían que salir, ya partían malhumoradas, y aunque Bronca, su mamá, intervenía para que no se “entusiasmaran” tanto ellas siempre cruzaban la puerta con unas rabietas que dejaban encantados a sus enamorados.

 Pasó el tiempo y ambas parejas se casaron. Ira y Furioso tuvieron un hijo y le pusieron Cabrón. Era el mimado que hacía refunfuñar a toda la familia.

 Calmo López y Pacífico Hernández eran dos buenos amigos que vivían en el otro poblado pegado al camino de agua. Juntos iban aplacando enojos y amansando el aire por donde pasaran, tal era el alcance de su tranquilo temperamento. El problema fue cuando los dos se enamoraron de Serena García. La dulzura de su mirada, que mojaba la mañana como gotas de miel, los enloquecía. Sus suspiros cada vez que Serena se aproximaba resultaban ser verdaderas brisas refrescantes en cualquier noche de verano. Por suerte resultó ser que Serena tenía una hermana, tan dulce como ella: Apacible García. Apenas lo miró a Calmo con sus tiernos ojos mansos lo cautivó; nada en el mundo le pareció más atractivo que la soñadora quietud de lago que había en su amistosa mirada. Después se conocieron mejor y las coincidencias fueron todavía mayores. Así, los afectos se repartieron de la mejor manera y los cuatro se pusieron de novios.

  Paseaban mucho en bicicleta y repartían toda la armonía que podían dando la vuelta manzana. Las chicas, que sabían compartir sus cosas y que reparaban rápidamente los desacuerdos, siempre salían de su casa con buen humor. Doña Tranquila, su madre, quien hacía quince años se había casado con Don Manso García, trabajaba de tranquilizadora profesional y pudo transmitir a sus hijas mucho de sus saberes.

  Pasó el tiempo y ambas parejas se casaron. Calmo y Apacible tuvieron una hija y le pusieron Paz. Era la mimada que encariñaba a toda la familia.

       Pasaron veinte años con muchas cosas y cositas, con encuentros y desencuentros, con intentos, inventos y desalientos. Una hermosa mañana Cabrón y Paz se acercaron al mismo tiempo, cada uno desde su orilla, al extraño camino acuoso en uno de esos días en que la quietud era arrasadora. Se metieron al agua y nadaron hasta encontrarse… Fue verse y de repente e inexplicablemente quererse.

  Allí estaban…, cuando súbitamente el agua abandonó su quietud y empezó a moverse. Dos o tres lugareños que por ahí pasaban huyeron desesperados avecinando el violento sacudón acuoso que comenzaría.  Paz y Cabrón hundidos  cada uno en los ojos del otro se quedaron firmes en su lugar…. Así cuenta la leyenda cómo sus diferencias fundidas en un abrazo envolvieron el agua y fue la primera vez en que la brusquedad y la quietud encontraron un equilibrio… Rítmicos vaivenes y suaves olas se sucedieron incesantemente en un viaje sin fin…  dejando que nazca el RÍO.

«Trabajosa reflexión»

En esa oficina todos se destacaban por representar las mejores representaciones de sí mismos. Haragán Fiaquini, por ejemplo, era todo un ejemplo de haraganería. Si algo sabía hacer bien era preparar cualquier artimaña y estrategia para continuar su fiaca y “trabajaba duro” en eso de sacarse el trabajo de encima.

  Colgaba sus ojos en las múltiples manchas y grietas que el paso de la humedad, la pintura descascarada y la ruptura del revoque iban dejando en la pared que enfrentaba a su escritorio encontrando infinitas y raras formas: dibujos de árboles llenos de dedos, vagones de trenes repletos de minotauros, pequeños dragones cubriendo el  lugar de los carozos adentro de los duraznos… A veces veía cosas más normales, como gallinas picoteando una piñata, los lentes de su jefe tomando la sopa, aceitunas con medias bailando hip hop…, y otras, veía cosas locas muy locas, como trineos resbalando en una mancha de aceite, zapallitos con alas cruzando el Aconcagua, que Haragán Fiaquini, muy bien sabía, a pesar de su haraganería, que era la montaña más alta de América…

 

Entonces se acordaba de cuando era un chico… “¡Haragán!”, le decían sus padres, “¡sos haragán para todo menos para imaginar!”; y él se ponía contento, porque le  encantaba imaginar, y si no, se ponía furioso, pero se quedaba calladito, calladito sin decir ni mu, para ahorrarse el esfuerzo de contestar, y la rabia lo llenaba de más rabia, porque después de todo, esa haraganería que sus padres le reprochaban se la habían puesto ellos mismos bajo el título de «Haragán”.                        Con una gran bocanada de aire inflaba sus cachetes y los iba vaciando dejando escapar globitos por la abertura de su boca colocada en pequeña “O”, que flotaban rodeando su silla hasta unirse formando un pelotero de globos que terminaban explotando unos contra otros quedando el contorno de una burbuja gigante. Él los imaginaba brillantes y de muchos colores;  pero todo esto desaparecía, a los pocos minutos, cuando Haragán Fiaquini sentía que ya era demasiado esfuerzo juntar aire y soplarlo, además del feo gusto a tarea que le quedaba en su boca ya que había tragado todo el aire de su oficina.

   ¿Y porqué le sucedía esto? La respuesta, señores, es muy sencilla; y es que a Haragán Fiaquini no le gustaba trabajar, y esto no es difícil de entender para una gran mayoría de los humanos que habitan el planeta Tierra. Ni les cuento lo que le costaba salir de su casa para el trabajo todas las mañanas, y más salir de su cama, y más salir de su sueño, y más de sus pinturas… Es que… a Haragán Fiaquini lo que más le gustaba en la vida era pintar…

 Se perdía por completo entre el lienzo y los pinceles, tanto se perdía que dejaba de ser haragán, y el efecto alcanzaba a una numerosa camada de generaciones porque también dejaba de ser “Fiaquini”; a pesar de que en esos momentos, vaya paradoja, se reencontraba consigo mismo más que con ninguna otra cosa.

   Don Trabajo Emprendedor, su jefe, cada vez le tenía menos paciencia. Por increíble que parezca sólo lo toleraba porque gracias a la gran cantidad de cosas que Fiaquini dejaba de hacer él podía sumarse trabajo, y mantenerse ocupado y cada vez más ocupado. ¡Y ni hablar cuando llegaba su esposa, doña Atareada! “¡Ocupado!”, le decía él cuando ella lo llamaba para contarle sobre algún compromiso realizado o algún esfuerzo sobreactuado, porque como los dos bien decían: emprendedor y responsable no sólo hay que ser sino también parecer; y por esto cuánto empeño invertido y cuánto tiempo dedicado a mostrarse ante el mundo laboral como el más trabajador de todos. Agotaba a cualquiera el sólo hecho de verlo moverse, verlo entrar con esos pasos de querer resolverlo todo, mirar con esos ojos de buscar fallas y cosas para rehacer. Hasta el más mínimo detalle  buscaba en la más mínima cosa para revisar, y como mínimas cosas hay muchas, porque al ser mínimas entran más en todos lados, Don Trabajo se las pasaba revisando y revisando, y corrigiendo y corrigiendo.

  Mientras con el índice y con el pulgar de la mano derecha abría una carpeta, con el anular y el meñique atendía el teléfono, con la mano izquierda anotaba en su agenda una nueva actividad a realizar, con el pie derecho sacaba con un trapo una mancha del piso y con el pie izquierdo corría un cesto de papeles hacia la pared. Hay quienes cuentan que se acostaba con una computadora y hacía cálculos dormido, y cuando se despertaba en medio de un difícil logaritmo se sorprendía y se sobresaltaba. Entonces se acordaba de cuando era un chico… “¡Trabajador!”, le decían sus padres, “¡no parás un segundo, a ver si te ponés a descansar!”; y él se ponía contento, porque le encantaba la actividad, y si no se ponía furioso, y ponía todo su empeño en hacer rabietas y pataletas hasta el cansancio, porque después de todo, esa inquietud que sus padres tanto le reprochaban se la habían puesto ellos mismos bajo el título de “Trabajador”.

 Tal era su afán por trabajar todo el día y tanta la exigencia que sentía que el único cansancio que enojosamente podía admitir era el cansancio de estar cansado. “¡Estoy cansado de estar cansado!” vociferó furioso una tarde en que pasaba justo por la oficina de Fiaquini tropezando en su atolondramiento con el marco de la puerta y yendo a caer justo en el sillón que Fiaquini, con varios almohadones y almohadoncitos, había acondicionado para el mayor y más descansador de los descansos. Fue tocar la mullida y blanda superficie para quedar, cual acertado hechizo, instantáneamente dormido. Cuando despertó, sus ojos entreabiertos rebotaron contra una de aquellas burbujas gigantes que Fiaquini infatigablemente inflaba casi todas las tardes y que desesperadamente en ese momento no sabía cómo pinchar. Don Trabajo sintió todo su cuerpo flotar de plácido y alegre descanso. Una sensación conocidísima y nueva al mismo tiempo le corrió por la sangre y repentinamente se sintió feliz.

  Sin más ansias que perpetuar ese maravilloso momento recorrió con su vista las paredes de la oficina de Haragán Fiaquini y entre los escombros del cemento agrietado halló unas preciosas pinturas que transformaban aquel triste recinto en una maravillosa exposición de arte. Ablandado y agradecido por el simple descubrimiento de lo que realmente estaba necesitando: abandonarse en un tranquilo y regocijante descanso, miró con ojos livianos y alegres a Haragán y le ofreció allí mismo un nuevo puesto de trabajo en el que iba a poder explayarse de lleno con la pintura y su creatividad.

   Así fue como una tarde cualquiera de otoño pasó a convertirse, desde la estruendosa torpeza en la más inolvidable y delicada tarde, en la que dos fuerzas opositoras e irreconciliables se encontraron y se superaron en un deseoso y sabio intercambio. Don Trabajo Emprendedor se amigó con el descanso y pudo sacar mucho provecho de sus momentos remolones para después poder trabajar mejor. Y Haragán Fiaquini de su trabajo se enamoró, que por supuesto también le requeterecontra sirvió para después retomar con más alegría toda su haraganería.

«Un cuento muy sucio»

                 Sucio Álvarez y Roña Rodríguez tuvieron dos hijos: Asco Álvarez, biólogo dedicado al estudio de los insectos y Cochina Álvarez, destacada pastelera por sus apestosas recetas.

  Asco Álvarez se casó con Impecable Pérez, y día y noche los dos se quejaban de los modos, de las formas, las maneras y de lo que el otro hacía y no hacía; y aunque los padres de Impecable:  Limpio Pérez y Aseada Gómez, nunca estuvieron de acuerdo con esa relación, ellos insistieron en estar juntos, pese a que juntos tenían muchos problemas:

 Si Asco dejaba las cosas pegoteadas, Impecable lo seguía con un trapito húmedo para limpiarlas; si Impecable desinfectaba las superficies de la cocina, Asco inmediatamente las ensuciaba.

Ustedes podrán decir, qué alegría para ella, tener servida en bandeja tanta oportunidad para limpiar y seguir limpiando, así como para él tener siempre un terreno limpio para ensuciar ;  ya que así como todas las cosas se destacan por su opuesto, la limpieza sobresale y brilla más en contraste con la suciedad y la suciedad cobra notoriedad si aparece sobre la limpieza; pero no crean que para ellos era tan así, bastante abrumada se sentía Impecable de fregar y fregar y bastante controlado y ya cansado se sentía Asco al momento de ensuciar.

Este matrimonio no hubiera podido seguir si no fuera por lo mucho que se querían. Ningún familiar, ni amigo, ni vecino entendía aquella unión y a decir verdad era la primera vez que sucedía algo así, pero ellos atraídos por sus extremas diferencias se habían dejado envolver y acunar en el ala donde el amor tiene el mayor de sus misterios.

  Juntos tuvieron dos hijos: Higiénico Enchastre y Apestosa Pulcritud. Educarlos era muy difícil; los niños pasaban un día saliendo a la calle empapados en alcohol en gel y caminando por la casa sobre los famosos patines de lana de Lustrosa, la abuela de Impecable, y otro día empapándose en tierra, barro, polvillo arrimado por el viento y demás sustancias procedentes de calles, plazas, veredas y esparciendo por la casa todas las suciedades y malos olores que nos podamos imaginar y también los que no. Así cada uno de los padres tenía su día de aceptación y júbilo y su día de rechazo, resignación y paciencia.                                                                                                                                                     Siempre que la señora Roña los visitaba les llevaba a los niños caramelos más los papelitos de todos los caramelos que ellos abrieron en su casa, pelusas, pelusitas, peluzones y muy de vez en cuando una bolsa llena de residuos para que se desquitaran jugando. El inconveniente aparecía cuando se cruzaba con la abuela Aseada, con sus divertidos antisépticos burbujeantes y de diversos colores, ya que ellas no eran muy afines que digamos; pero el verdadero problema era cuando las visitas no coincidían con los días representativos de cada familia, y así, si Sucio y Roña entraban un día de perfecta limpieza, escandalizados repartían basuritas por todas las habitaciones, al igual que cada vez que Limpio y Aseada caían en un día roñoso se miraban preocupadísimos pensando en qué habían fallado con la crianza de su Impecable.

Pero las cosas cambiaron cuando los chicos, como todos los chicos, con sus cosas de chicos hicieron algo al revés. Fue una tarde cristalina y pura con olor a lavanda y desinfectada, en uno de aquellos días en que todo debía ser impecable como el nombre de su madre, en que a Higiénico Enchastre se le derramó un tarro de pintura sobre la cama. Apestosa Pulcritud, su hermana, puso el grito en el cielo, el aire tembló y la lavanda amenazó con esfumarse, “¡cuando mamá vea esto!”. “¡No cuentes nada!” decía Higiénico asustado tratando con todo lo que tenía a mano de contener el enchastre que seguía creciendo haciendo honor a su segundo nombre. Atraído por el ruido, don Pulcro Pérez, el bisabuelo, que estaba de visita, con solemnes y pesados pasos entró a la habitación, y justo cuando se preparaba para lanzar el mejor de sus discursos sobre las manchas, los manchones y las manchitas, entró doña Mugre De la Vega, la bisabuela paterna, a ponerlo en su lugar. Y después de una acalorada discusión sobre los gérmenes, los microbios, los parásitos y demás especímenes reales y fantásticos cada uno volvió desencantado a su casa…, pero los chicos ya no eran los mismos.

Mareados por los malentendidos y sin poder descifrar el mensaje se empezaron a enojar y a hacer todo al revés; cuando todo debía estar limpio, antes de comer se ensuciaban las manos, y cuando todo debía estar sucio, con secadores, plumeros, escobillones y trapos se las pasaban limpiando.

Así fue como después de los correspondientes retos, escándalos y pataletas sucedió algo por mucho tiempo esperado: Los papis, aprendiendo de los dobleces de sus hijos comenzaron a mirarse diferente, a comprenderse, copiar un poco uno lo del otro y se hicieron mejores. A partir de ahí los problemas siguieron, pero todos estuvieron más tranquilos y contentos. Entendieron que es mejor sentirse libre y jugar pudiendo ensuciarse y que también es importante la limpieza para no enfermarse. La tía Cochina, impactada por sus sobrinos, también transformó sus recetas… Y al cabo de un tiempo nació Liberado Moderado Álvarez, pero esa ya es otra historia…