Así escondían la luz
los viejos alquimistas
cuando el niño alcanzaba los cuerpos;
y se llevaban las flores
a sus cuevas de cera,
y el fuego hormigueaba
en las manos de los niños.
Los niños presos del hambre
tragaban sus quimeras
de líquido amarillo.
Así prolongaba el viento
el canto de la zumaya,
antes de que un niño
repita la ruptura de los siglos
dejando su cuerpo a la tierra
y dejando que el tiempo asome
los collares blancos.
Mientras el resto siga girando,
y los ojos arranquen
de las ramas sus mediodías
fingiendo ser electrones
de la noche atómica;
esos niños seguirán cayendo
y engendrando en la tierra
sus propias raíces.
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