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Vinieron las nubes
a bañar el horizonte
y el agua envolvía el aire
hasta la costa festejada…
de luces fabriles.
Se clava el espigón,
hiriente en las hilachas del río.
Y el tul del cielo llovido
se derrite en cenizas de escarcha.
Allí el pequeño ronroneo del oleaje
golpeando en los oídos de la noche
es la más bella partitura.
Los chasquidos del agua
sorprenden nuestras bocas mudas,
y la orilla es incienso
en la fragancia arenosa.
Como panales llegaba el agua,
dulce, de escamas muertas.
Nuestra caminata cortada
en el abrazo azulado de la noche.
Y en nuestro amor
es tan pequeña la esfera celeste
que ya somos el río, el horizonte lejano, el cielo.
Cómo poder abarcarlo…