Seleccionar página

Dónde quedarán mis horas,
perdidas en la roca de lo insoportable.
Si pasan sin que las escuche el viento,
cuando emparedadas
se deshacen, barro cocido,
en tus ojos acuáticos
que abarcan tu imagen.
Sin el hoy de los cristales
y los días lluviosos,
porque pasan pegajosos
colmenas grises, ostras,
que carcomen el ocio
cuando pasan las horas.
Horas azuladas
que deslizan gente
por toboganes, rojo ladrillo.
Y pescan bagres,
agonizando en un perfil
en incienso tibio.
Y pescan novias nacaradas,
de punta en blanco
suave y albahaca,
noche serena,
muy perfumada.
Pintan estrellas en la solapa.
Sol amarillo.
Horas de fiesta, en anilina,
corren ansiosas.
Ensimismadas al rebenque
de un corsario y sin pudor
se aferran dulcemente a un bastidor.
Y cuentan segundos
de una estepa.
Durmiendo en un burdel,
en un casco con tachuelas.
Como crines al potrillo,
las horas a mi piel
sigilosas pierden ritmo.
Bajo otro cielo,
a otras costas.
Pulpa de manzana
mil veces compartida.
Como ondas sonoras
en lo profundo de un mar;
tragadas por ballenas.
Las horas aplastadas.
Laberinto de enero.
Entre todas las cosas
pasan orgullosas
por tus ojos de alfalfa,
pupila resentida.
Pasan las horas como si nada.
Buscan de cerca una primavera
y pescan bagres en una orilla.
Son lo más simple
y lo más difícil de encerrar en un convento.
Oro y lodo.
Barquitos de papel.
Qué hermosa sería la historieta,
si las horas no fueran opio,
y fueran siempre amanecer.