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El espectador consume televisión, la televisión consume al espectador… ¿Y quién construye a quién? La indagación no es sencilla, cualquier análisis al respecto sucumbe ante el reto de establecer con exactitud un orden de causa y efecto; resulta artificial suponer una linealidad sin saltos en esta relación, ya que es la retroalimentación constante de los hechos la que da lugar al avance progresivo de su desarrollo, perdiéndose muchas veces, en este interjuego dialéctico, las nociones del punto de partida. De aquí la dificultad para definir con precisión si el sujeto está condicionado y «constituido», subjetivado, a partir de las particularidades culturales de los medios, o si estos últimos responden – en pos de sus intereses – a auténticas demandas, provenientes tal vez de las estructuras más primarias y bizarras del sujeto.
No cabe duda de que la organización histórica de la programación televisiva se asienta en un estudio de mercado enraizado tanto en el conocimiento de un contexto socio-histórico determinado como de las necesidades y motivaciones individuales. En efecto, tanto el sensacionalismo de algunos noticieros, como aquellos programas de debate, alejados de lo conceptual, del análisis de cuestiones sociales, y sumergidos en cambio en la subjetividad de casos particulares expuestos de un modo descriptivo, emocional, aproximado a lo «vivencial», sin distanciamientos (hecho que puede equipararse a la instancia de lo pre-simbólico, detenido en el plano de la «cosa», sin posibilidades de representación); así como el predominio del reality show, aparecen como productos cuyo éxito pareciera residir en su acertada acomodación a la morbosidad y perversiones humanas (opuestos complementarios voyerismo/exhibicionismo), a la necesidad de identificación y de adopción de figuras, que a pesar de su carácter ficticio, cubren ilusoriamente tantos «espacios vacíos» y «soledades».
Tampoco ignoramos la presencia del camino inverso en el que las necesidades individuales y sociales surgen como «creaciones» de determinados esquemas «ofrecidos» por la fuerza,introducidos con el bombardeo permanente de un producto estandarizado como positivo, publicitado, sobrevalorado e impuesto por el poder masificado de la tv casi como un dogma; pues es aceptado e incuestionado, naturalizado de tal modo que termina por ser reconocida como necesidad real aquella demanda que fue «inventada» en el «laboratorio de los intereses financieros».
A su vez las tendencias dominantes del estilo televisivo plantean otros interrogantes.
El ritmo vertiginoso y el vaciamiento de contenido de los magazine parecieran estar más al servicio de la confusión y la indiscriminación que de la coherencia y la claridad; de la estrechez y el adormecimiento intelectual que de la amplitud y el enriquecimiento. En estos programas abundan la reiteración y nulidad del mensaje. La verborragia acelerada de los conductores configura un discurso muy lleno y muy vacío a la vez que asegura una permanencia eufórica y desatenta,despersonalizada de los telespectadores, dándose de un modo masificado un fenómeno de presencia y distracción que sostiene una recepción sin cuestionamientos. La verbalización de estos animadores podría traducirse como: «Seguimos acá hablando muy fuerte y muy rápido para que nadie preste atención a todas las tonterías que decimos». – Tras una escucha atenta notamos que muchísimas veces nombran a los invitados y grupos musicales que irán al programa, dicen la hora, el nombre o número del estudio en el que están grabando, en una estereotipia de gritos y clichés como «¡y mucho más!», llenando de vacío su tiempo al micrófono – Ciertamente nadie presta atención a sus palabras; el interés se diluye, pero como en una suerte de hipnotismo los ojos quedan fijos en la pantalla.
El sujeto se pierde, se olvida y se anula como en un proceso de anestesia del ser en donde el que disfruta y sufre siempre es el otro; pero la participación pasiva no acarrea riesgos ni compromisos y promueve una identificación arbitraria y deslimitada.
En un determinado horario cierto personaje televisivo se «introduce sin permiso» en el hogar como si fuese un miembro más de la familia; las distancias no existen; se lo recibe con afecto, gracia o admiración aunque su mérito sea tan sólo el de resultar un «viejo conocido» para todos. La aceptación ecuánime de Marcelo Tinelli podría deberse a que para muchos se ha convertido en un tío o sobrino entrañable.
Como un círculo vicioso la actividad del zapping reproduce, en forma intensificada, el atropello de imagen y sonido propio del formato televisivo, y la velocidad acrecentada que persiguen hoy día los programas surge, así mismo, como una protección contra el zapping.
Una imagen se sucede tras otra, ninguna es posible de retener; en directa proporción aumenta la evasión y la falta de elaboración.
El vacío se hace inminente, no hay un tiempo reparatorio porque la posibilidad de enfrentarse con la pérdida ha quedado eliminada tras el parche continuo de una fusión ilusoria.
El vacío deviene de tanta llenura inconsistente y desraizada. Todo se escurre de las manos y se instala una enajenación y alienación proveniente de la primacía maníaca de la cultura del zapping… Una cultura ansiógena y En El Aire…