Seleccionar página

La vida caminó cotidiana construyendo un presente,

y en la convicción de cualquier día certero de música envolvente

te habla con voz ausente una razón lejana,

cuando el sol reparador del herido vientre

que hasta con luz del poniente por tantos años te abraza

cercano y contundente con tanta presencia llama.

Es tu abuela, son las abuelas que anidan en la plaza,

fértiles de historia, prósperas de esperanza,

 son esa luz que se yergue sobre las sombras imponente,

incandescente con firmeza y templanza.

Qué es ese espacio incierto vivido y no explicado, carente de palabras,

que se hace sentir sin nombre aunque ella te nombraba;

 esa fisura de los cimientos que en el tranquilo devenir no encaja.

Esa voz de la sangre que sintió el arrebato late en un lugar latente pero nunca se calla,

 acunando un dolor se mece en el pecho una huella arcaica.

 No se conoce y se sabe, las palabras se silencian pero el silencio habla;

y muy cerca la luz reparadora de esa verdad que cuenta y que acaricia la falta,

de esa verdad que corre y que finalmente te alcanza.

Es tu abuela, son las abuelas que anidan en la plaza,

 fértiles de historia y de amor armadas,

son esa luz que se yergue sobre las sombras imponente,

incandescente con firmeza y templanza.